2 de agosto de 2007

Fiodor Dostoievsky - Memorias del subsuelo (Fragmento)

IV

- ¡Ja!- objetarán ustedes sarcásticos - de este modo pronto encontrará placer en un dolor de muelas.
- Bueno - respondería yo - claro que también hay placer en un dolor de muelas.
En una ocasión sufrí de dolor de dientes durante un mes y puedo decirles que hay placer en ello, en el dolor. En este caso, por supuesto, la gente no sufre en silencio, se queja. Pero no son gemidos ordinarios; son maliciosos, y en esa malicia está el asunto planteado. Las quejas representan el placer del que sufre, pues si no gozara no gemiría. Este es un buen ejemplo de lo que quiero decir, de modo que me detendré en ello por un momento.
Por empezar, diré que los gemidos representan la humillante inutilidad del dolor, un dolor que obedece a ciertas leyes de la naturaleza que a uno le importan poco, porque uno es el que padece el sufrimiento mientras que la naturaleza nada siente. De esta forma, los gemidos demuestran que aunque no hay un enemigo, el dolor existe; que uno, junto con su dentista, está por completo a merced de sus dientes; que si eso complace a alguien, el dolor cesará, pero en caso contrario puede continuar durante otros tres meses. Y por último, que si no se resigna y sigue en rebeldía, lo único que puede hacer para aliviar sus sentimientos es fustigarse las carnes o golpear las paredes con los puños. Decididamente, no es posible hacer ninguna otra cosa.
Por lo tanto, estos horribles sufrimientos y humillaciones, que nos inflige Dios sabe quién, engendran un placer que a veces llega al más alto grado de voluptuosidad. Por favor, damas y caballeros; escuchen con atención, aunque más no fuera durante un tiempo, los gemidos de un intelectual del siglo XIX que sufre un dolor de muelas. Escuchen al segundo o tercer día del sufrimiento, cuando ya no gime como lo hacía el primer día nada más que porque le dolía el diente. Sus gemidos no se asemejan en nada a los de un campesino, pues el hombre que ha sido afectado por la educación y por la civilización europea se queja como un hombre que, según se dice ahora, "ha sido desarraigado del suelo y perdido contacto con el pueblo". Muy pronto, sus quejidos se vuelven estridentes y perversos, y continúan día y noche. Claro está que sabe que no se procura alivio alguno cuando se queja de ese modo. Nadie sabe mejor que él que se atormenta e irrita para él y para los demás en vano; que quienes lo oyen, entre ellos su familia a quien están destinados esos esfuerzos, lo escuchan con disgusto; que no creen que sea sincero en modo alguno, y que se dan cuenta de que podría gemir de otra manera, con más sencillez, sin tantos adornos y floreos y que la causa de esto es el puro rencor y la malicia.
Pues bien, hay un placer voluptuoso en toda esa degradación, y en la conciencia de ella.
¿Les molesto? ¿Les destrozo el corazón? ¿No dejo dormir a nadie? Muy bien, manténganse despiertos, sientan a cada instante que me duelen las muelas. No soy ya para ustedes el héroe que traté de parecer al comienzo sino un simple hombrecito despreciable. Así sea. Me alegro de que hayan terminado por reconocerlo. ¿Les resulta embarazoso escuchar mis cobardes gemidos? Bien, continúen incómodos. Dentro de unos momentos produciré uno de esos "ayes" adornados y ya podrán decirme cómo se sienten...
¿Todavía no se entiende lo que quiero decir? Bueno; entonces parece que tendrán que crecer y desarrollar su comprensión a fin de poder concebir todas las sutilezas de esta voluptuosidad. ¿Eso les da risa? Me alegro de ello. Es claro que mis bromas son de muy mal gusto, impropias y confusas; revelan mi inseguridad. Pero es que no tengo respeto por mí mismo. A fin de cuentas, ¿cómo puede respetarse un hombre con mi lucidez de percepción?

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