25 de octubre de 2008

18 de octubre de 2008

Cosechadora

–Úlcera del orto –me quejé entre dientes, mientras un ardiente trago de café asaltaba mi estómago.
Tomé el primer legajo de la pila que ocupaba la mitad derecha de mi escritorio. Rauschberg, Catalina. 78 años. “Al fin una vieja”, pensé. Lo cual significaba “al fin una fácil”.
Me senté, encendí un cigarrillo y me puse a leer el documento con el convencimiento desacelerado del que sabe que está haciendo algo al pedo. Así es la burocracia, en todas partes y acá también. Rituales que se cumplen dando por sobreentendido que no tienen ningún tipo de sentido. Como la cláusula número 8 del reglamento interno, que enuncia: La etapa final del trabajo NO PODRÁ COMENZAR (ese énfasis tipográfico siempre me resultaba cómico) si el recibiente (qué palabra de mierda, por Dios) no brinda la confesión oral requerida. Gajes del oficio, dicen los que llevan acá adentro más de veinte años. Una pelotudez atómica, digo yo, que entré hace sólo dos.

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Cinco metros antes de llegar al borde de la ruta, comencé a divisarla. Estaba sentada en una reposera plástica, envuelta en el grueso abrazo de un saco de lana gris. Solo sus brazos se movían, al ritmo del punto Santa Clara que iba armando de a poco la bufanda negra que ocupaba sus agujas. Según me había informado el legajo, hacía exactamente cincuenta años que doña Catalina cumplía el ritual de sentarse ahí. Precisamente, desde que su hijo de cinco años había sido atropellado en ese tramo de la ruta.
Cuando llegué a su lado, me puse en cuclillas y me mantuve en silencio, esperando el momento propicio para comenzar mi acercamiento-con-miras-a-arrancarle-unas-palabras. En uno de mis primeros encargos, me había tocado lidiar con un violador que se negaba a hablar desde que sus compañeros de celda le habían brindado una sesión particularmente violenta del tratamiento acostumbrado a los delincuentes sexuales. Después de una sucesión de preguntas que se desvanecieron vergonzosamente en el aire, conseguí poner en funcionamiento su lengua con el simple ofrecimiento de un cigarillo. Desde ese momento, aprendí que en ciertas ocasiones los gestos más simples y cotidianos pueden ser los mejores descontracturantes de cuerdas vocales.
En este caso, decidí arriesgarme y dejarme llevar por el apellido alemán de doña Catalina, por lo que acudí a la cita escondiendo en mi bolso un contenedor de plástico con varias porciones de apfel strudel que pensaba ofrecerle muy livianamente. Pero cuando me disponía a manotear el cierre del bolso, la cabeza blanca de la mujer giró bruscamente hacia mí.
–Los estuve esperando– murmuró –A alguno de ustedes.
Me ocurrió algo extraño. Los mecanismos lógicos, los benditos engranajes aceitados que giran dentro de todo y de todos, indicaban que yo debería haberme sorprendido. Pero no lo hice. Me quedé ahí, aún agachada. Las pantorrillas ya comenzaban a dolerme. Dejé pasar un rato antes de hablar.
–Cincuenta años ¿no?– dije. Me sentí muy estúpida.
–Ajá –respondió ella –Pero qué bueno que ya vino, fräulein. Me estaba empezando a cansar un poquito.
Tragué saliva. Doña Catalina rió, o más bien trinó. En un movimiento resignado, incliné la cabeza hacia donde estaba ella. El aire de su susurro cosquilleó cálidamente en mi oreja. Sentí un escalofrío, justo en el momento en que las agujas de las que pendía la bufanda negra caían al suelo, liberadas de aquel par de manos ajadas.

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–¿Y? ¿Qué tal? –preguntó Bruzzone, mi supervisor
–Normal, qué se yo. Lo mismo de siempre –respondí.
–Bueno, nena. A no dormirse que todavía te faltan tres más para terminar por hoy–dijo moviendo las manos como si batiera el aire.
–Seh, ya sé –dije sin mirarlo, mientras mi úlcera pateaba cual feto en gestación.
Bruzzone ya estaba parado en el marco de la puerta, a punto de salir de la habitación. De repente, la idea que me hacía picar el occipital saltó a mis labios.
–Che, Bruzzone. ¿Alguna vez…?
–¿Qué, nena? –preguntó dándose vuelta
–Nada, Bruzzone –le contesté luego de dos exactos y redondos segundos –Olvidate.

12 de octubre de 2008

2 de octubre de 2008

Té de pepino

No te caigas

Abandoná esa esquina
la de la paranoia
de semáforos mojados

Pegale una patada al motor
y dejate de joder de una vez
¿querés?

Pero, hagas lo que hagas
no te caigas
por favor