29 de septiembre de 2008
Abelardo Castillo - Also sprach el señor Núñez (Fragmento)
–Buen día, miserables.
Veinte empleados, tres jefes de sección y un gerente sintieron recorrido el espinazo por una descarga eléctrica que los unía en misterioso circuito. En el silencio sepulcral de la oficina, las palabras de Núñez resonaron fantásticas, lapidarias, apocalípticas, increíbles. Nadie habló ni se movió.
–Buen día, he dicho, miserables.
Núñez, con calma, corrió su escritorio hasta ponerlo frente a los demás y, como un catedrático a punto de dar una clase magistral, apoyó el puño derecho sobre el mueble, estiró a todo lo largo el brazo izquierdo y apuntando al cielo raso con el índice, dijo:
–Cuando un hombre, por un hecho casual, o por la síntesis reflexiva de sus descubrimientos cotidianos, comprende que el mundo está mal hecho, que el mundo, digamos, es una cloaca, tiene que elegir entre tres actitudes: o lo acepta, y es un perfecto canalla como ustedes, o lo transforma, y es Cristo o Lenin, o se mata. Señores míos, yo vengo a proponerles que demos el ejemplo y nos matemos de inmediato.
26 de agosto de 2008
William Burroughs - Yonqui (Fragmento)
Me hizo la pregunta que hacen todos:
–¿Por qué siente la necesidad de consumir droga, señor Lee?
Cuando se oye esa pregunta, se puede estar completamente seguro de que quien la hace no sabe absolutamente nada de la droga.
–La necesito para salir de la cama por las mañanas, para afeitarme y para tomar el desayuno.
–Quiero decir físicamente
Me encogí de hombros. Lo mejor habría sido darle la respuesta que quería, para que se fuera: "Me causa placer".
La droga no causa placer. Para un yonqui, la droga es importante porque es lo que causa la adicción. Nadie sabe lo que es la droga hasta que se tiene el síndrome de abstinencia.
El médico asintió. Personalidad psicopática. Se levantó. Bruscamente, cambió de cara y arboló una sonrisa obviamente dirigida a mostrar su comprensión y diluir mi reticencia. Esa sonrisa se fue esfumando y se transformó en una mueca lúbrica y demente. Se inclinó hacia adelante y colocó su sonrisa junto a mi cara.
–¿Su vida sexual es satisfactoria? –preguntó–. ¿Sus relaciones sexuales con su mujer son satisfactorias?
–¡Oh, si! –respondí–. Cuando no estoy drogado.
Se enderezó. Mi respuesta no le había gustado en absoluto.
–Muy bien, volveré a visitarlo.
Enrojeció y se fue hacia la puerta, avergonzado. Me di cuenta de que era un farsante en cuanto entró a la habitación –era evidente que montaba aquel número de seguridad en sí mismo para él y para los demás–, pero esperaba que mantuviera su pose con más energía.
El médico le explicó a mi mujer que mi pronóstico era muy malo. Mi actitud ante la droga era "Bueno, ¿y qué?". Podía preverse una recaída porque los condicionamientos psíquicos de mi adicción no habían variado. No podía hacer nada por mí si yo no cooperaba voluntariamente. Si conseguía mi cooperación, podría, al parecer, desarmar mi psique y volverla a armar en ocho días.
16 de junio de 2008
Guy de Maupassant - Loco (Fragmento)
¡Ah! ¡Ésa es la clave del problema! ¡Matar es un crimen porque hemos numerado a los seres! Cuando nacen se les registra, se les da un nombre, se les bautiza. La ley se apodera de ellos. ¡Eso es! El ser que no está inscrito no cuenta: matadlo en el páramo o en el desierto, matadlo en la montaña o en el llano, ¿qué importa? La naturaleza ama la muerte; ¡ella no castiga, no!
Lo que es sagrado, ¡no faltaba más!, es el registro civil. ¡Eso es! Es él el que defiende al hombre. El ser es sagrado porque está inscrito en el registro civil. Respetad al registro civil, al Dios legal. ¡De rodillas!
El Estado puede matar, por su parte, porque tiene derecho a modificar el registro civil. Cuando ha sacrificado a doscientos mil hombres en una guerra, los borra del registro civil, los suprime a manos de sus escribientes. Se acabó. Pero nosotros, que no podemos cambiar los libros de los ayuntamientos, debemos respetar la vida. ¡Registro civil, gloriosa divinidad que reinas en los templos de las municipalidades, te saludo! Eres más fuerte que la naturaleza. ¡Ja, ja!
9 de mayo de 2008
Leopoldo Marechal - Adán Buenosayres (Fragmento)
23 de febrero de 2008
J. D. Salinger - Teddy (Fragmento)
–¡Teddy, diablos! ¿Me escuchas?
Teddy giró la cintura, sin cambiar la posición vigilante de sus pies sobre la maleta, y dirigió a su padre una mirada inquisitiva, franca y pura. Sus ojos, de un color castaño pálido, no muy grandes, eran levemente bizcos, el izquierdo más que el derecho. No eran tan estrábicos como para desfigurarlo, ni siquiera para llamar la atención a primera vista. Eran sólo lo bastante bizcos como para mencionarlo, y sólo en relación con el hecho de que uno tenía que pensarlo larga y seriamente antes de desear que fueran más derechos, o más profundos, o más oscuros o más separados. Su cara, tal cual era, transmitía la sensación, aunque oblicua y lenta, de la verdadera belleza.
–Quiero que te bajes de esa maleta ahora mismo. ¿Cuántas veces quieres que te lo diga? –dijo el señor McArdle.
–Quédate exactamente donde estás, querido –dijo la señora McArdle, que evidentemente tenía problemas con su sinusitis por la mañana temprano. Tenía los ojos abiertos, pero a duras penas –No te muevas ni un centímetro –Se hallaba tendida sobre el costado derecho, con la cara vuelta hacia la izquierda, mirando a Teddy y al ojo de buey, y la espalda hacia su marido. La sábana de arriba tapaba por completo su cuerpo probablemente desnudo, cubriéndole brazos y todo lo demás, hasta el mentón– Salta para arriba y para abajo –dijo, cerrando los ojos– Aplasta la maleta de papá.
–Es algo muy brillante lo que acabas de decir –dijo el señor McArdle con una calma que quería ser firme– Pagué veintidós libras por una maleta, y le pido de bue modo al chico que no suba en ella, y tú le dices que salte encima. ¿De qué se trata? ¿Es un chiste?
–Si esa maleta no puede aguantar el peso de un chico de diez años, que tiene seis kilos menos de lo que debe pesar por su edad, no quiero esa maleta en mi camarote –dijo la señora McArdle sin abrir los ojos.
–¿Sabes lo que me gustaría hacer? –dijo el señor McArdle– Partirte la cabeza de un puntapié.
–¿Por qué no lo haces?
El señor McArdle se incorporó bruscamente sobre un codo y apagó la colilla en el vidrio de la mesita de noche.
–Uno de estos días... –empezó a decir con todo intimidatorio.
–Uno de estos días te va a dar un ataque al corazón y va a ser trágico, muy trágico –dijo la señora McArdle, gastando un mínimo de energía. Sin sacar los brazos de debajo de la sábana, se envolvió aun más en ésta– Habrá un sepelio discreto y de buen gusto, y todos preguntarán quién es esa atractiva mujer vestida de rojo sentada en la primera fila, coqueteando con el organista y haciendo un endiablado...
–Eres tan asquerosamente chistosa que ni siquiera resulta chistoso –dijo el señor McArdle, cayendo otra vez de espaldas, inerte.
9 de enero de 2008
Fiodor Dostoievsky - El jugador (Fragmento)
- ¡Qué idea tan idiota! - exclamó el general.
- ¡Qué idea tan rusa! - exclamó el francés.
Yo me reía y me moría de ganas de hacerlos enojar.
- Preferiría permanecer toda mi vida en una tienda de kirguises - exclamé - que adorar al ídolo alemán.
- ¿A qué ídolo? - gritó el general casi furioso.
- A la capacidad alemana de enriquecerse. Estoy aquí desde hace muy poco tiempo y, sin embargo, lo poco que veo hace sublevar mi naturaleza tártara. ¡Qué virtudes! Ayer recorrí unos diez kilómetros por los alrededores. Bien, es exactamente lo mismo que en esos pequeños libros alemanes ilustrados que tratan sobre moral; todas las casas tienen aquí su padre, su Vater, virtuoso y honrado. Tan honrado que uno no se atreve a hablar con él. Por la noche toda la familia lee obras edificantes. En torno de la casita se oye el silbido del viento sobre los olmos y los castaños. El sol poniente dora el tejado donde se para la cigüeña, espectáculo poético y conmovedor. Recuerdo que mi difunto padre nos leía por la noche, a mi madre y a mí, libros muy semejantes, también bajo los tilos del jardín...juzgo con conocimiento de causa. Pues bien, aquí parece que cada familia se halla en la servidumbre, sometida al Vater. Cuando el Vater ha reunido cierta suma, manifiesta su intención de transmitir a su hijo mayor su oficio o las tierras. Con eso se le niega la dote a una hija que queda condenada al celibato. El hijo menor debe buscar empleo o trabajar como sea, y sus ganancias van a engrosar el capital paterno. Sí, esto se hace aquí, estoy bien informado. Y todo ello no tiene otra causa que la honradez, una honradez llevada al extremo, y el hijo menor se imagina que es por honradez que se le explota. ¿No es esto un ideal, cuando la víctima se regocija de ser llevada al sacrificio? ¿Y después? El hijo mayor no es mucho más feliz. Tiene en alguna parte una Amalchen, la elegida de su corazón, pero no puede casarse con ella porque hace falta una determinada suma de dinero. Ellos también esperan por no faltar a la honradez y van al sacrificio sonriendo. Las mejillas de Amalchen se agrietan, la pobre muchacha se marchita. Finalmente, luego de veinte años, la fortuna ha aumentado, los florines han sido virtuosamente adquiridos. Entonces el Vater bendice la unión de su hijo mayor de ya cuarenta años con Amalchen, joven muchacha de sólo treinta y cinco, con el pecho hundido y la nariz roja. En esta ocasión vierte lágrimas, predica la moral y exhala a veces el último suspiro. El hijo mayor se convierte entonces en un virtuoso Vater y vuelta a empezar. Dentro de cincuenta o sesenta años, el nieto del Vater conseguirá un cuantioso capital y lo transmitirá a su hijo; éste al suyo y después de cinco o seis generaciones, aparece, por fin, el barón de Rothschild, Hope y Compañía o Dios sabe qué. ¿No es acaso un espectáculo grandioso? He aquí el resultado de uno o dos siglos de trabajo, de esfuerzo, de honradez, he aquí a dónde lleva la severidad, la economía, el cálculo, la cigüeña sobre el tejado. ¿Qué más se puede pedir? Más alto que esto ya no hay nada, y esos ejemplos de virtud juzgan al mundo entero condenando a aquellos que no los siguen. Pues bien, yo prefiero más divertirme a la rusa o intentar enriquecerme en la ruleta. No quiero ser Hope y Compañia al cabo de cinco generaciones. Tengo necesidad de dinero para mí mismo y no me considero un apéndice necesario del capital. Ya sé que exagero un poco, pero me alegra que esto sea lo que creo.
17 de diciembre de 2007
Lewis Carroll - You are old, Father William
"You are old, Father William", the young man said,
"And your hair has become very white;
And yet you incessantly stand on your head
Do you think, at your age, it is right?"
"In my youth", Father William replied to his son,
"I feared it might injure the brain;
But, now that I'm perfectly sure I have none,
Why, I do it again and again."
"You are old", said the youth, "as I mentioned before,
And have grown most uncommonly fat;
Yet you turned a back-somersault in at the door
Pray, what is the reason of that?"
"In my youth", said the sage, as he shook his gray locks,
"I kept all my limbs very supple
By the use of this ointment - one shilling the box -
Allow me to sell you a couple?"
"You are old", said the youth, "and your jaws are too weak
For anything tougher than suet;
Yet you finished the goose, with the bones and the beak
Pray, how did you manage to do it?"
"In my youth", said his father, "I took to the law,
And argued each case with my wife;
And the muscular strength which it gave to my jaw
Has lasted the rest of my life."
"You are old", said the youth, "one would hardly suppose
That your eye was as steady as ever;
Yet you balanced an eel on the end of your nose
What made you so awfully clever?"
"I have answered three questions, and that is enough,"
Said his father; "don't give yourself airs!
Do you think I can listen all day to such stuff?
Be off, or I'll kick you down-stairs!"
16 de diciembre de 2007
Rodolfo Walsh - Operación Masacre (Fragmentos)
En ese mismo lugar, seis meses antes, nos había sorprendido una medianoche el cercano tiroteo con que empezó el asalto al comando de la Segunda División y al Departamento de Policía, en la fracasada revolución de Valle. Recuerdo cómo salimos en tropel, los jugadores de ajedrez, los jugadores de codillo y los parroquianos ocasionales, para ver qué festejo era ese, y cómo a medida que nos acercábamos a la plaza San Martín nos íbamos poniendo más serios y éramos cada vez menos, y al fin cuando crucé la plaza me vi solo, y cuando entré a la estación de ómnibus ya fuimos de nuevo unos cuantos, inclusive un negrito con uniforme de vigilante que se había parapetado detrás de unas gomas y decía que, revolución o no, a él no le iban a quitar el arma, que era un notable máuser del año 1901.
Recuerdo que después volví a encontrarme solo, en la oscurecida calle 54, donde tres cuadras más adelante debía estar mi casa a la que quería llegar y finalmente llegué dos horas más tarde, entre el aroma de los tilos que siempre me ponía nervioso, y esa noche más que otras. Recuerdo la incoercible autonomía de mis piernas, la preferencia que, en cada bocacalle, demostraban por la estación de ómnibus, a la que volvieron por su cuenta dos y tres veces, pero cada vez de más lejos, hasta que la última no tuvieron necesidad de volver porque habíamos cruzado la línea de fuego y estábamos en mi casa. Mi casa era peor que el café y peor que la estación de ómnibus, porque había soldados en las azoteas y en la cocina y en los dormitorios, pero principalmente en el baño, y desde entonces he tomado aversión a las casas que están frente a un cuartel, un comando o un departamento de policía.
Tampoco olvido que, pegado a la persiana, oí morir a un conscripto en la calle, y ese hombre no dijo "Viva la patria", sino que dijo: "No me dejen solo, hijos de puta".
Después no quiero recordar más, ni la voz del locutor en la madrugada anunciando que dieciocho civiles han sido ejecutados en Lanús, ni la ola de sangre que anega al país hasta la muerte de Valle. Tengo demasiado para una sola noche. Valle no me interesa. Perón no me interesa, la revolución no me interesa. ¿Puedo volver al ajedrez?
Puedo. Al ajedrez y a la literatura fantástica que leo, a los cuentos policiales que escribo, a la novela "seria" que planeo para dentro de algunos años y a otras cosas que hago para ganarme la vida y que llamo periodismo, aunque no es periodismo. La violencia me ha salpicado las paredes, en las ventanas hay agujeros de balas, he visto un coche agujereado y adentro un hombre con los sesos al aire, pero es solamente el azar lo que me ha puesto eso ante los ojos. Pudo ocurrir a cien kilómetros, pudo ocurrir cuando yo no estaba.
Seis meses más tarde, una noche asfixiante de verano, frente a un vaso de cerveza, un hombre me dice:
- Hay un fusilado que vive.
No sé que es lo que consigue atraerme en esa historia difusa, lejana, erizada de improbabilidades. No sé por qué pido hablar con ese hombre, por qué estoy hablando con Juan Carlos Livraga.
Pero después sé. Miro esa cara, el agujero en la mejilla, el agujero más grande en la garganta, la boca quebrada y los ojos opacos donde se ha quedado flotando una sombra de muerte. Me siento insultado, como me sentí sin saberlo cuando oí aquel grito desgarrador detrás de la persiana.
¿Cuánto tiempo hace que está así, como muerto? Ya no sabe. No lo sabrá nunca. Sólo recuerda que en cierto momento oyó las campanas de una capilla próxima. ¿Seis, siete campanadas? Imposible decirlo. Acaso eran soñados aquellos sones lentos, dulces y tristes que misteriosamente bajaban de las tinieblas.
A su alrededor se dilatan infinitamente los ecos de la espantosa carnicería, las corridas de los prisioneros y los vigilantes, las detonaciones que enloquecen el aire y reverberan en los montes y caseríos más cercanos, el gorgoteo de los moribundos.
Por fin, silencio. Luego el rugido de un motor. La camioneta se pone en marcha. Se para. Un tiro. Silencio otra vez. Torna a zumbar el motor en una minuciosa pesadilla de marchas y contramarchas.
Don Horacio comprende, en un destello de lucidez. El tiro de gracia. Están recorriendo cuerpo por cuerpo y ultimando a los que dan señales de vida. Y ahora...
Si, ahora le toca a él. La camioneta se para. El suelo, bajo los anteojos de don Horacio, desaparece en incandescencias de tiza. Lo están alumbrando, le están apuntando. No los ve, pero sabe que le apuntan a la nuca.
Esperan un movimiento. Tal vez ni eso. Tal vez le tiren lo mismo. Tal vez les extrañe, justamente, que no se mueva. Tal vez descubran lo que es evidente, que no está herido, que de ninguna parte le brota sangre. Una náusea espantosa le surge del estómago. Alcanza a estrangularla en los labios. Quisiera gritar. Una parte de su cuerpo - las muñecas apoyadas como palancas en el suelo, las rodillas, las puntas de los pies - quisiera escapar enloquecida. Otra - la cabeza, la nuca - le repite: no moverse, no respirar.
¿Cómo hace para quedarse quieto, para contener el aliento, para no toser, para no aullar de miedo?
Pero no se mueve. El reflector tampoco. Lo custodia, lo vigila, como en un juego de paciencia. Nadie habla en el semicírculo de fusiles que lo rodea. Pero nadie tira. Y así transcurren segundos, minutos, años...
Y el tiro no llega.
Cuando oye nuevamente el motor, cuando desaparece la luz, cuando sabe que se alejan, don Horacio empieza a respirar, despacio, despacio, como si estuviera aprendiendo a hacerlo por primera vez.
3 de diciembre de 2007
Charles Bukowski - La senda del perdedor (Fragmento)
Lo correcto, intelectual y popular, era ir a la guerra contra Alemania para detener el avance del fascismo. En mi caso no tenía ningunas ganas de ir a la guerra para salvar mi modo actual de vida o el posible futuro que me esperaba. Yo no tenía Libertad. No tenía nada. Con Hitler quizás obtuviera un coño de cuando en cuando y una paga semanal de más de un dólar. Además, como había nacido en Alemania, tenía una cierta lealtad natural y no me gustaba ver cómo equiparaban a todos los alemanes con monstruos e idiotas. En los cines aceleraban las imágenes de las noticias para hacer que Hitler y Mussolini parecieran locos frenéticos. También, con todos los profesores en contra de Alemania, descubrí que personalmente me era imposible simplemente estar de acuerdo con ellos. Sin sentirme alienado, pero naturalmente contrariado, decidí oponerme a sus puntos de vista. Nunca había leído el Mein Kampf ni tenía deseos de hacerlo. Para mí, Hitler sólo era otro dictador, sólo que, en vez de mis regañinas a la hora de cenar, probablemente me volara los sesos o las pelotas si iba a la guerra a intentar pararle.
Algunas veces, cuando los profesores hablablan y hablaban sobre los horrores del nazismo (nos enseñaron a escribir "nazi" con "n" minúscula, incluso si encabezaba una frase) y el fascismo, yo me ponía en pie de un brinco y soltaba algún comentario:
- ¡La supervivencia de la raza humana depende de una selección responsable!
Lo que significaba: vigila con quién te vas a la cama; pero yo sólo sabía eso. Realmente mosqueaba a todo el mundo.
No sé de donde sacaba mis discursitos:
- Uno de los errores de la democracia es que el voto universal da lugar a un líder común que nos conduce a una vida vulgar, apática y predecible.
Evitaba cualquier referencia directa a los judíos y los negros, los cuales nunca me habían ocasionado ningún problema. Todos mis problemas provenían de los blancos no judíos. Por lo tanto yo no era nazi por temperamento o elección; fueron los profesores los que me hicieron seguir esa línea por parecerse y pensar como ellos y encima tener un prejuicio antialemán. Además yo había leído por ahí que si un hombre no creía o entendía verdaderamente la causa a la cual se adhería, de algún modo podía ser más convincente, lo que me daba una considerable ventaja sobre los profesores.
- Entrenad un caballo de tiro para convertirlo en uno de carreras y obtendréis un híbrido que no es ni veloz ni fuerte. ¡Una nueva Raza Dominadora surgirá de la selección premeditada y útil!
- No hay guerras buenas o malas. Lo único malo de una guerra es perderla. En todas las guerras ambos lados creen pelear por una Buena Causa. No se trata de saber quién tiene o no la razón, ¡se trata de comprobar quién tiene los mejores generales y el mejor ejército!
Me encantaba. Podía demostrar todo lo que me daba la gana.
7 de noviembre de 2007
Charles Bukowski - Ellos, todos ellos, saben
Pregúntale al sol sobre un perro dormido
Pregúntale a los 3 chanchitos
Pregúntale al vendedor de diarios
Pregúntale a la música de Donizetti
Pregúntale al peluquero
Pregúntale al asesino
Pregúntale al hombre apoyado contra la pared
Pregúntale al predicador
Pregúntale al fabricante de botiquines
Pregúntale al carterista o al
prestamista o al soplador de botellas
o al vendedor de abono o
al dentista
Pregúntale al revolucionario
Pregúntale al hombre que lanzará la próxima bomba atómica
Pregúntale al hombre que cree ser Cristo
Pregúntale al pájaro que regresa a casa por la noche
Pregúntale a Tom el mirón
Pregúntale al hombre que muere de cáncer
Pregúntale al hombre que necesita un baño
Pregúntale al hombre con una sola pierna
Pregúntale al ciego
Pregúntale al tartamudo
Pregúntale al opiómano
Pregúntale al cirujano tembloroso
Pregúntale a las hojas secas bajo tus pies
Pregúntale a un violador o a un
chofer de tranvías o a un viejo
que saca la maleza de su jardín
Pregúntale a un chupasangre
Pregúntale a un entrenador de pulgas
Pregúntale al tragafuegos
Pregúntale al hombre más miserable que puedas
encontrar en su más
miserable momento
Pregúntale a un profesor de judo
Pregúntale a un domador de elefantes
Pregúntale a un leproso,
a un condenado a cadena perpetua,
a un asmático
Pregúntale a un profesor de historia
Pregúntale al hombre que nunca se limpia las uñas
Pregúntale a un payaso o pregúntale a la primera
cara que veas a la luz del día
Pregúntale a tu padre
Pregúntale a tu hijo y a su hijo por nacer
Pregúntame a mi
Pregúntale a una lamparita quemada en una bolsa de papel
Pregúntale al tentado, al maldito, al tonto, al sabio, al esclavo
Pregúntale a los constructores de templos
Pregúntale a los hombres que nunca tuvieron zapatos
Pregúntale a Jesús
Pregúntale a la luna
Pregúntale a las sombras en el ropero
Pregúntale a la polilla, al monje, al loco
Pregúntale al hombre que dibuja historietas para The New Yorker
Pregúntale a un pez dorado
Pregúntale a un junco en el viento
Pregúntale al mapa de la India
Pregúntale a una cara amable
Pregúntale al hombre escondido debajo de tu cama
Pregúntale al hombre que más odies en este mundo
Pregúntale al hombre que se emborrachaba con Dylan Thomas
Pregúntale al hombre que le ponía los guantes a Jack Sharkey
Pregúntale al hombre de cara triste que toma cafe
Pregúntale al plomero
Pregúntale al hombre que sueña con avestruces cada noche
Pregúntale al boletero de un show de monstruosidades
Pregúntale al falsificador
Pregúntale al hombre que duerme en un callejón envuelto en papel de diario
Pregúntale a los conquistadores de naciones y planetas
Pregúntale al hombre que se cortó el dedo
Pregúntale a una marca de lápiz en la Biblia
Pregúntale a las gotas que caen de una canilla mientras suena el teléfono
Pregúntale al perjuro
Pregúntale a la pintura azul profundo
Pregúntale al paracaidista
Pregúntale al hombre que tiene dolor de panza
Pregúntale al ojo divino que nada tan liso
Pregúntale al muchacho de pantalones cortos en el colegio caro
Pregúntale al hombre que se resbaló en la bañera
Pregúntale al hombre masticado por el tiburón
Pregúntale al que me vendió dos guantes de la misma mano
Pregúntale a éstos y todos aquéllos de los que me olvido
Pregúntale al fuego, al fuego, al fuego
Pregúntale incluso a los mentirosos
Pregúntale a quien se te dé la gana en el momento
que quieras el día que se te antoje
llueva o nieve, mientras sales
de un zaguán amarillo
Pregúntale a éste, pregúntale a aquél
Pregúntale al hombre que tiene una cagada de pájaro en el pelo
Pregúntale al torturador de animales
Pregúntale al hombre que vio muchas corridas de toros en España
Pregúntale a los dueños de Cadillacs nuevos
Pregúntale al famoso
Pregúntale al tímido
Pregúntale al albino y al hombre de estado
Pregúntale a los porteros y a los jugadores de pool
Pregúntale a los falsos
Pregúntale a los asesinos a sueldo
Pregúntale a los calvos y a los gordos y a los altos y a los bajos
Pregúntale a los tuertos, a los que cogen mucho y a los que no
Pregúntale a los hombres que leen todas las editoriales de los diarios
Pregúntale a los hombres que cultivan rosas
Pregúntale a los hombres que casi no sienten dolor
Pregúntale al moribundo
Pregúntale a los jardineros y a los fanáticos del fútbol
Pregúntale a cualquiera de ellos o a todos ellos
Pregunta, pregunta, pregunta, que todos te van a decir:
Una esposa gruñendo en lo alto de una escalera es más de lo que un hombre puede soportar.
9 de octubre de 2007
Hermanos Marx - Groucho y Chico, abogados (Fragmento)
Groucho: ¿Que quiere su dinero? Querrá usted decir mi dinero.
Chico: Mr. Flywheel, me debe usted trescientos dólares y los voy a cobrar.
Groucho: De acuerdo, vamos a ver cuánto tengo. Cincuenta, sesenta, ochenta, ochenta y cinco, noventa, un dólar...Pues no. No tengo más que un dólar.
Chico: Está bien. Lo tomo.
Groucho: Lo siento, Ravelli, pero resulta que es el monedero de Miss Dimple. Le diré lo que vamos a hacer. No tengo los trescientos dólares, así que le regalo el negocio y yo trabajaré para usted.
Chico: ¿Que trabajará usted para mí? ¿Y cómo le voy a pagar el sueldo?
Groucho: Verá, en cuanto usted me deba trescientos dólares, me devuelve el negocio, y luego vuelve a trabajar para mí.
Chico: De acuerdo. Tendremos que poner mi nombre en la puerta.
Groucho: ¡Es usted un magnífico hombre de negocios, Ravelli! Cuesta dos dólares cambiar el nombre de la puerta pero el suyo lo podemos cambiar por nada. Vamos a ver...Flywheel, Shyster y Flywheel. Yo soy los dos Flywheels y Shyster no pertenece a la empresa.
Chico: Entonces, ¿por qué está ahí su nombre?
Groucho: Verá, Shyster se escapó con mi mujer, y yo puse su nombre en la puerta en señal de gratitud. Oiga: ¿por qué no usa usted el nombre de Shyster?
Chico: Muy bien, me cambio el nombre. De ahora en adelante seré Shyster Ravelli.
29 de septiembre de 2007
Tristan Tzara - Para hacer un poema dadaísta
Tome un periódico.
Tome unas tijeras.
Escoja en el periódico un artículo de la longitud que quiere darle a su poema.
Recorte el artículo.
Recorte en seguida con cuidado cada una de las palabras que forman el artículo y métalas en una bolsa.
Agítela suavemente.
Ahora saque cada recorte uno tras otro.
Copie concienzudamente en el orden en que hayan salido de la bolsa.
El poema se parecerá a usted.
Y es usted un escritor infinitamente original y de una sensibilidad hechizante, aunque incomprendida por el vulgo.
17 de agosto de 2007
Aldous Huxley - Las puertas de la percepción (Fragmento)
Eugène Ionesco - La cantante calva (Fragmento)
Sr. Smith: Pero, entonces, ¿cómo es posible que el doctor saliera bien de la operación y Parker muriera a consecuencia de ella?
Sra. Smith: Porque la operación dio buen resultado en el caso del doctor y no en el de Parker.
Sr. Smith: Entonces Mackenzie no es un buen médico. La operación habría debido dar buen resultado en los dos, o los dos habrían debido morir.
Sra. Smith: ¿Por qué?
Sr. Smith: Un médico concienzudo debe morir con el enfermo si no pueden curarse juntos. El capitán de un barco perece con el barco, en el agua. No le sobrevive.
Sra. Smith: No se puede comparar a un enfermo con un barco.
Sr. Smith: ¿Por qué no? El barco tiene también sus enfermedades; además tu doctor es tan sano como un barco; también por eso debía perecer al mismo tiempo que el enfermo, como el doctor y su barco.
Sra. Smith: ¡Ah! ¡No había pensado en eso!...Tal vez sea justo...Entonces, ¿cuál es tu conclusión?
Sr. Smith: Que todos los doctores no son más que charlatanes. Y también todos los enfermos. Sólo la Marina es honrada en Inglaterra.
Sra. Smith: Pero no los marinos.
Sr. Smith: Naturalmente.
13 de agosto de 2007
George Orwell - 1984 (Fragmento)
Algún día, decidirían matarlo. Era imposible saber cuándo ocurriría, pero unos segundos antes podría adivinarse. Siempre lo mataban a uno por la espalda mientras andaba por un pasillo. Pero le bastarían diez segundos. Y entonces, de repente, sin decir una palabra, sin que se notara en los pasos que aún diera, sin alterar el gesto…podría tirar el camuflaje y ¡bang!, soltar las baterías de su odio. Sí, en esos segundos anteriores a su muerte, todo su ser se convertiría en una enorme llamarada de odio. Y casi en el mismo instante ¡bang!, llegaría la bala, demasiado tarde, o quizá demasiado pronto. Le habrían destrozado el cerebro antes de que pudieran considerarlo de ellos. El pensamiento herético quedaría impune. No se habría arrepentido, quedaría para siempre fuera del alcance de esa gente. Con el tiro habrían abierto un agujero en esa perfección de que se vanagloriaban. Morir odiándolos, esa era la libertad.
10 de agosto de 2007
Fiodor Dostoievsky - Memorias del subsuelo (Fragmento)
- Habla por ti y por tus desdichas en tu maloliente agujero, pero no te atrevas a hablar de todos nosotros.
Pero escúchenme un momento. No trato de justificarme cuando hablo de todos nosotros. Por mi parte, lo único que hice fue llevar al límite lo que ustedes no se atrevieron a dejar siquiera a mitad de camino; confunden su cobardía con espíritu razonable, y gracias a ello se sienten mejor. De manera que, en definitiva, podría resultar que yo estoy más vivo que ustedes. ¡Vamos, mírenlo otra vez! ¡Pero si hoy ni siquiera sabemos dónde está la verdadera vida, qué es, ni cómo se la encuentra! Si nos quedamos sin literatura nos confundimos y nos sentimos perdidos; no sabemos a qué unirnos, qué tolerar; qué amar, qué odiar; qué respetar, qué despreciar. Hasta nos resulta molesto ser hombres, hombres de verdad, de carne y sangre, con nuestro propio cuerpo; nos avergonzamos de él y ansiamos convertirnos en algo hipotético denominado el hombre corriente. Hemos nacido muertos, y durante mucho tiempo nos pusieron en el mundo padres que están muertos a su vez. Y eso nos gusta cada vez más. Sentimos verdadero placer, por así decirlo. Pronto inventaremos una manera de ser engendrados del todo por las ideas. Pero basta; ya me he cansado de escribir estas memorias del subsuelo.
5 de agosto de 2007
Enrique Symns - Carta a la Negra Poly
Es una curiosidad que tengo: saber si el que se equivoca, el que hace daño, el traidor, el "malo" tiene conciencia de estas palabras cuando adjudica una explicación a su conducta o si en realidad cree todo el tiempo estar "haciendo las cosas bien".
Conclusión: yo, que soy un tipo astuto, no me pasa ni una cosa ni la otra, siempre hago lo que se me canta y después me olvido la letra de la canción.
Haciendo revisionismo, me produce un enorme placer descubrir que todo lo que pensé, escribí o chusmé sobre esa negra bruja, loca, policía, mala, insoportable, peligrosa, manipuladora, traidora que es
Esa Negra que conocí hace casi una década en un bolichón de la calle Cangallo casi Callao y que siempre me consideró o me vió como un hombre en la acepción más mágica de esa estúpida palabra. Hasta en los momentos picos de odio mutuo (porque sin odio, ¿de qué pasiones hablamos?) la Poly me hizo sentir la medida de una talla que probablemente yo no tenga, pero que tampoco cualquier gil que ande por ahí me demuestra fácilmente lo contrario, que en cuanto lo ves te das cuenta que el tipo es una zapatilla con carne crecida encima.
A Patricio Rey no le debo ninguna disculpa como nadie le debe nada a Cerdos & Peces, una y otra marcas registradas de proyecciones alienadas y engendradas con el más venenoso y sutil de los placeres, pero proyecciones al fin.
Ni tampoco a los artistas, quienes - como nosotros los periodistas - están para recibir las caricias del aplauso o las cachetadas de la crítica.
Ni tampoco a los lectores que creyeron o formaron parte de uno u otro bando en esta estúpida disputa de la culturita (las verdaderas disputas tienen sangre y mucha y pasan en las calles, en los valles, en las guerras, en los laberintos de la mente, en los torbellinos de los oscuros odios que se ocultan en el misterio de la vida) porque siempre aconsejé recordar que estas palabras o cualesquiera otras que están saliendo de la máquina de escribir o cualquier otra las escupe mandinga o el virus del hipotálamo o las musas o el tarado de Enrique Symns que aburrido por no saber manejar pistolas se pone a boludear, pero de ninguna manera yo a vos.
Con el culo en la calle, peleando en el bar con 20 imbéciles cretinos para salvar a sarnosa fiera a punto de ir presa, con el duro culo que le permite bancarse el peor papel de la obra: el del malo, el del perseguidor, el del almacenero que hace los números, el que echa sobrebiamente equivocada o recibe con una errada humildad, malvadamente precisa o arbitrariamente pasional, eligiendo a veces con la mirada de la conveniencia que enseña la calle y otras con la pasión loca de una cabra bruja.
La calle, cualquier calle que quede lejos de tu jardín, una calle violenta o una calle gris te gasta la dulzura. Los arañazos del cariño te hacen esquivo. La mediocridad del mundo te hace odioso.
Por adopción, abandono, o decisión voluntaria el poder de Poly ha sido delegado y muchas veces confirmado por los integrantes de la banda.
En la mitología tebana (y creo que alguna vez lo he mencionado) el último dios engendrado por el panteón fue Goreg, el cerdo. Nació como el dios más despreciable cuando los dioses más poderosos y brillantes comenzaron a equivocarse. Goreg tenía que comerse sus errores para que ellos conservaran su incólume brillo. Pero Goreg pronto se convirtió secretamente en el más poderoso de los dioses cuando los maldijo: "Les exijo brillar! Cuidad lo que defequeis porque os lo haré comer nuevamente".
Amo a Goreg, el cerdo, y a esa niñez oculta en la fragilidad de una dura máscara.
Con toda la humildad de un soñador que sabe con alegría que todo esto es sólo un decorado de un náufrago que dibuja señales que ni él comprende, te recuerdo y te quiero como una gran amiga.
Aprovecho esta oportunidad para saludar a Carlos Polimeni que nos encontramos al otro día de ése día en un bar y nos disculpamos por si acaso la estupidez de nuestras palabras había herido u ofendido a la estupidez que habita en nuestro cráneo.
A una maravillosa señora que conocí en Valeria del Mar, le ofrezco las lágrimas que me salieron por un instante en este rato, usted es un ser maravilloso independientemente del rol de madre y yo la recuerdo con el respeto que me merecen las personas que son en serio y no como a cualquier madre ni tampoco como la madre de cualquier hijo.
Y ya que está para quedar bien con todo el mundo, a los muchachos del Sí de Clarín, que pueden irse a la reputísima madre que parió el misterio de este universo que jamás existió.
Luis Alberto Spinetta - Rock: música dura. La suicidada por la sociedad (Manifiesto escrito en 1973)
Son tantos los matices que comprenden la actitud creativa
El instinto muere en la muerte, repito.
El rock es el instinto de vivir y en ese descaro y en
Más vale que los rockeros, cualesquiera sean sus tendencias
Luego, esta ausencia de totalidad, esa parcialidad, es el negocio
El negocio del cual viven muchos a costa de los músicos,
Es la parcialidad de pretender que algo que es de todos
Luego de participar del juego, son muy pocos los que aun
Este juego pareciera ser el único posible
Lo importante es que hay otros caminos.
DENUNCIO
SIN EL LIMITE DE
A LO QUE NO RECIBE DENUNCIA
A LO QUE
A ALGO PEOR QUE
Además es de prever que si estos señores desconocen
Denuncio a las editoriales “fachas” por distribuir
Denuncio finalmente a mi yo enfermo por impedir que mi
2 de agosto de 2007
Sigmund Freud - De guerra y muerte. Temas de actualidad (Fragmento)
Fiodor Dostoievsky - Memorias del subsuelo (Fragmento)
- ¡Ja!- objetarán ustedes sarcásticos - de este modo pronto encontrará placer en un dolor de muelas.
- Bueno - respondería yo - claro que también hay placer en un dolor de muelas.
En una ocasión sufrí de dolor de dientes durante un mes y puedo decirles que hay placer en ello, en el dolor. En este caso, por supuesto, la gente no sufre en silencio, se queja. Pero no son gemidos ordinarios; son maliciosos, y en esa malicia está el asunto planteado. Las quejas representan el placer del que sufre, pues si no gozara no gemiría. Este es un buen ejemplo de lo que quiero decir, de modo que me detendré en ello por un momento.
Por empezar, diré que los gemidos representan la humillante inutilidad del dolor, un dolor que obedece a ciertas leyes de la naturaleza que a uno le importan poco, porque uno es el que padece el sufrimiento mientras que la naturaleza nada siente. De esta forma, los gemidos demuestran que aunque no hay un enemigo, el dolor existe; que uno, junto con su dentista, está por completo a merced de sus dientes; que si eso complace a alguien, el dolor cesará, pero en caso contrario puede continuar durante otros tres meses. Y por último, que si no se resigna y sigue en rebeldía, lo único que puede hacer para aliviar sus sentimientos es fustigarse las carnes o golpear las paredes con los puños. Decididamente, no es posible hacer ninguna otra cosa.
Por lo tanto, estos horribles sufrimientos y humillaciones, que nos inflige Dios sabe quién, engendran un placer que a veces llega al más alto grado de voluptuosidad. Por favor, damas y caballeros; escuchen con atención, aunque más no fuera durante un tiempo, los gemidos de un intelectual del siglo XIX que sufre un dolor de muelas. Escuchen al segundo o tercer día del sufrimiento, cuando ya no gime como lo hacía el primer día nada más que porque le dolía el diente. Sus gemidos no se asemejan en nada a los de un campesino, pues el hombre que ha sido afectado por la educación y por la civilización europea se queja como un hombre que, según se dice ahora, "ha sido desarraigado del suelo y perdido contacto con el pueblo". Muy pronto, sus quejidos se vuelven estridentes y perversos, y continúan día y noche. Claro está que sabe que no se procura alivio alguno cuando se queja de ese modo. Nadie sabe mejor que él que se atormenta e irrita para él y para los demás en vano; que quienes lo oyen, entre ellos su familia a quien están destinados esos esfuerzos, lo escuchan con disgusto; que no creen que sea sincero en modo alguno, y que se dan cuenta de que podría gemir de otra manera, con más sencillez, sin tantos adornos y floreos y que la causa de esto es el puro rencor y la malicia.
Pues bien, hay un placer voluptuoso en toda esa degradación, y en la conciencia de ella.
¿Les molesto? ¿Les destrozo el corazón? ¿No dejo dormir a nadie? Muy bien, manténganse despiertos, sientan a cada instante que me duelen las muelas. No soy ya para ustedes el héroe que traté de parecer al comienzo sino un simple hombrecito despreciable. Así sea. Me alegro de que hayan terminado por reconocerlo. ¿Les resulta embarazoso escuchar mis cobardes gemidos? Bien, continúen incómodos. Dentro de unos momentos produciré uno de esos "ayes" adornados y ya podrán decirme cómo se sienten...
¿Todavía no se entiende lo que quiero decir? Bueno; entonces parece que tendrán que crecer y desarrollar su comprensión a fin de poder concebir todas las sutilezas de esta voluptuosidad. ¿Eso les da risa? Me alegro de ello. Es claro que mis bromas son de muy mal gusto, impropias y confusas; revelan mi inseguridad. Pero es que no tengo respeto por mí mismo. A fin de cuentas, ¿cómo puede respetarse un hombre con mi lucidez de percepción?
