

¡Ah! ¡Ésa es la clave del problema! ¡Matar es un crimen porque hemos numerado a los seres! Cuando nacen se les registra, se les da un nombre, se les bautiza. La ley se apodera de ellos. ¡Eso es! El ser que no está inscrito no cuenta: matadlo en el páramo o en el desierto, matadlo en la montaña o en el llano, ¿qué importa? La naturaleza ama la muerte; ¡ella no castiga, no!
Lo que es sagrado, ¡no faltaba más!, es el registro civil. ¡Eso es! Es él el que defiende al hombre. El ser es sagrado porque está inscrito en el registro civil. Respetad al registro civil, al Dios legal. ¡De rodillas!
El Estado puede matar, por su parte, porque tiene derecho a modificar el registro civil. Cuando ha sacrificado a doscientos mil hombres en una guerra, los borra del registro civil, los suprime a manos de sus escribientes. Se acabó. Pero nosotros, que no podemos cambiar los libros de los ayuntamientos, debemos respetar la vida. ¡Registro civil, gloriosa divinidad que reinas en los templos de las municipalidades, te saludo! Eres más fuerte que la naturaleza. ¡Ja, ja!
El cuerpo recostado
capturado
por una elongación felina
sobre placas tectónicas
Que sumergen
sus planas cabezas
sus angulosas popas
nuevos continentes
montañas
volcanes
Mientras
mi boca
humedece
una o dos letras solitarias
Clavado a sí mismo. Autocrucificado en un acto que clama por la atención del Pater. Es un niño que le lanza berridos a la ausencia que acabó engendrándole un hermano deforme que se le adhiere a la espalda, en equidistancia entre su piel y su camisa vieja.
¿Es que acaso no sabías que Prometeo se encadenó al peñasco por sus propios medios? La tortura de sus entrañas devoradas por el águila era también su ambrosía, su sangre y ese futuro anulado por repetición que lo mantenía vivo.
La tristeza eterna solo se borra con el solaz del poder. Y no hay poder más supremo que el de ser artífice de la propia disolución.
¿Alguna vez tuviste miedo de que tu lápida quedara seca de lágrimas? Bueno, probá asesinar a todos los que no te van a llorar. Quemales un ojo y luego el corazón. Y que las sábanas coagulen solas, carajo.
por escuchar esas palabras…