1 /Cristales grises
Me deslizo en un vuelo hecho de plumas y viento frío. Las cornisas rompen a llorar cuando les llega el roce, que estalla en carraspeos de violín destemplado, de clavijas rotas. La caída se detiene en el momento en que puedo mirar hacia arriba y descubrir hilos blancos engarzando a las nubes nocturnas. El cómodo nicho de la pertenencia es una construcción que puedo deformar a voluntad y creo que debería amigarme con esa idea. Ya que estamos… ¿has visto alguna vez fango de cenizas? Yo tampoco. Esa es la cuestión.
2 /Sudor en gotas
Una lata aplastada, cara y ceca, sol y luna, día y noche. Un todo dual, pequeño, repujado por las estampidas de varios de esos insectos de carrocerías recias. Si me acuesto mirando para allá lo veo, en segundo plano, primero tu perfil, la recta pulida de tu nariz y más allá, eso.
Calor en la oreja izquierda, fibra de músculo vibrante, cuerdas de arco, melodía de guerra, música de arpones. Subibaja de soplos internos bajo la palma de mi mano. Sinestesia, sin anestesia, brutal ataque al tacto y a la vista: tensión-suave-blanca que se arroja, se encharca entre los dedos, me grita, me grita y te juro que no puedo. Entonces, llega el ruido. Un desgarro transversal, que atraviesa planos que ni siquiera sé que existen.
3 /Conjuro
La sal de la Tierra a veces le desmaquilla ese rostro de anciana horrible, de bruja casquivana y cruel. Y entonces puedo decir, sin temblar ni torcer la boca: donde sea que se pose mi pie, allí vencerá el verdor. Sí, ya lo sé… es difícil convivir con la triste deformidad de mis hijos. Pero tu país es el único lugar donde Orestes jamás podrá encontrarme.
26 de diciembre de 2008
6 de diciembre de 2008
Mi nombre es Dios
I
Un guiso de proporciones nobles y exquisitas
disolviéndose entre vidrios y porcelana
perdiendo sus formas, vistiéndose de efluvios violadores
yo me siento y observo
con los improbables hierros listos
para agujerear, perforar, decorar
a los cuerpos que osen acercarse
No te conozco
pero te odio
II
Todos mis líquidos internos
comienzan a ebullir en sentido horario
me quemo desde la boca
desde vos y hacia vos
risa de caballo mancado
en la habitación de un hospital
Estoy cansada de parir
de abrir las piernas, de expulsar
pulpos rojos, materias grises
puñados de tierra y cueros de serpiente
III
Se acerca el momento de la extinción
pero las cuerdas rojas
siguen atándome al silencio
es demasiado triste
quizás
tal vez
no lo sé
Un guiso de proporciones nobles y exquisitas
disolviéndose entre vidrios y porcelana
perdiendo sus formas, vistiéndose de efluvios violadores
yo me siento y observo
con los improbables hierros listos
para agujerear, perforar, decorar
a los cuerpos que osen acercarse
No te conozco
pero te odio
II
Todos mis líquidos internos
comienzan a ebullir en sentido horario
me quemo desde la boca
desde vos y hacia vos
risa de caballo mancado
en la habitación de un hospital
Estoy cansada de parir
de abrir las piernas, de expulsar
pulpos rojos, materias grises
puñados de tierra y cueros de serpiente
III
Se acerca el momento de la extinción
pero las cuerdas rojas
siguen atándome al silencio
es demasiado triste
quizás
tal vez
no lo sé
14 de noviembre de 2008
La hora del barómetro

Cuando enfermás con tanta gana
cerrás las filas del dolor
(Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota - Salando las heridas)
Trepando por las pulidas mesas
de la cocina del infierno
Estoy mordiendo un cáncer
cáncer
cáncer
cáncer
Hay crucifixión
a las cinco de la mañana
pero dejé las vasijas de arcilla
en la mesa del patio
Llovió
Y ahora me veo
exactamente igual
a cualquier estúpida
que cosecha clavos de noche
Casi me parezco a las abejas
que anidan en aquel charco de agua gris
donde hasta las piedras
se pudren prematuramente.
(Foto por Demon/Cleaner)
11 de noviembre de 2008
Achtung!
Tengo Flickr. Allí reuniré lo mejor de mis trabajos fotográficos (?). Pasen y vean: www.flickr.com/photos/vonfeuer
3 de noviembre de 2008
Osteogénesis imperfecta
I could float here forever
Anemic and sweet
(Deftones - Knife Party)
Anemic and sweet
(Deftones - Knife Party)
Sale un ojo y entra otro
en un billar con troneras óseas
lubricado entre humores vítreos
El monóxido acaba de anotarse un punto
es casi como un pato de goma
que nada despellejado en mi bañera
Entonces, me paro en puntas de pie
y un monólogo aterrorizado
pisa el freno de tus tímpanos de piel de elefante
y mis labios enjabonados
piden una esponja para ahogar tanto hollín
Hasta que
sale un ojo y entra otro
Y al fin
puedo fumarme los dientes frente al espejo
mientras las llamas azules
comienzan a brotar desde tus dedos.
25 de octubre de 2008
18 de octubre de 2008
Cosechadora
–Úlcera del orto –me quejé entre dientes, mientras un ardiente trago de café asaltaba mi estómago.
Tomé el primer legajo de la pila que ocupaba la mitad derecha de mi escritorio. Rauschberg, Catalina. 78 años. “Al fin una vieja”, pensé. Lo cual significaba “al fin una fácil”.
Me senté, encendí un cigarrillo y me puse a leer el documento con el convencimiento desacelerado del que sabe que está haciendo algo al pedo. Así es la burocracia, en todas partes y acá también. Rituales que se cumplen dando por sobreentendido que no tienen ningún tipo de sentido. Como la cláusula número 8 del reglamento interno, que enuncia: La etapa final del trabajo NO PODRÁ COMENZAR (ese énfasis tipográfico siempre me resultaba cómico) si el recibiente (qué palabra de mierda, por Dios) no brinda la confesión oral requerida. Gajes del oficio, dicen los que llevan acá adentro más de veinte años. Una pelotudez atómica, digo yo, que entré hace sólo dos.
--------------------
Cinco metros antes de llegar al borde de la ruta, comencé a divisarla. Estaba sentada en una reposera plástica, envuelta en el grueso abrazo de un saco de lana gris. Solo sus brazos se movían, al ritmo del punto Santa Clara que iba armando de a poco la bufanda negra que ocupaba sus agujas. Según me había informado el legajo, hacía exactamente cincuenta años que doña Catalina cumplía el ritual de sentarse ahí. Precisamente, desde que su hijo de cinco años había sido atropellado en ese tramo de la ruta.
Cuando llegué a su lado, me puse en cuclillas y me mantuve en silencio, esperando el momento propicio para comenzar mi acercamiento-con-miras-a-arrancarle-unas-palabras. En uno de mis primeros encargos, me había tocado lidiar con un violador que se negaba a hablar desde que sus compañeros de celda le habían brindado una sesión particularmente violenta del tratamiento acostumbrado a los delincuentes sexuales. Después de una sucesión de preguntas que se desvanecieron vergonzosamente en el aire, conseguí poner en funcionamiento su lengua con el simple ofrecimiento de un cigarillo. Desde ese momento, aprendí que en ciertas ocasiones los gestos más simples y cotidianos pueden ser los mejores descontracturantes de cuerdas vocales.
En este caso, decidí arriesgarme y dejarme llevar por el apellido alemán de doña Catalina, por lo que acudí a la cita escondiendo en mi bolso un contenedor de plástico con varias porciones de apfel strudel que pensaba ofrecerle muy livianamente. Pero cuando me disponía a manotear el cierre del bolso, la cabeza blanca de la mujer giró bruscamente hacia mí.
–Los estuve esperando– murmuró –A alguno de ustedes.
Me ocurrió algo extraño. Los mecanismos lógicos, los benditos engranajes aceitados que giran dentro de todo y de todos, indicaban que yo debería haberme sorprendido. Pero no lo hice. Me quedé ahí, aún agachada. Las pantorrillas ya comenzaban a dolerme. Dejé pasar un rato antes de hablar.
–Cincuenta años ¿no?– dije. Me sentí muy estúpida.
–Ajá –respondió ella –Pero qué bueno que ya vino, fräulein. Me estaba empezando a cansar un poquito.
Tragué saliva. Doña Catalina rió, o más bien trinó. En un movimiento resignado, incliné la cabeza hacia donde estaba ella. El aire de su susurro cosquilleó cálidamente en mi oreja. Sentí un escalofrío, justo en el momento en que las agujas de las que pendía la bufanda negra caían al suelo, liberadas de aquel par de manos ajadas.
--------------------
–¿Y? ¿Qué tal? –preguntó Bruzzone, mi supervisor
–Normal, qué se yo. Lo mismo de siempre –respondí.
–Bueno, nena. A no dormirse que todavía te faltan tres más para terminar por hoy–dijo moviendo las manos como si batiera el aire.
–Seh, ya sé –dije sin mirarlo, mientras mi úlcera pateaba cual feto en gestación.
Bruzzone ya estaba parado en el marco de la puerta, a punto de salir de la habitación. De repente, la idea que me hacía picar el occipital saltó a mis labios.
–Che, Bruzzone. ¿Alguna vez…?
–¿Qué, nena? –preguntó dándose vuelta
–Nada, Bruzzone –le contesté luego de dos exactos y redondos segundos –Olvidate.
Tomé el primer legajo de la pila que ocupaba la mitad derecha de mi escritorio. Rauschberg, Catalina. 78 años. “Al fin una vieja”, pensé. Lo cual significaba “al fin una fácil”.
Me senté, encendí un cigarrillo y me puse a leer el documento con el convencimiento desacelerado del que sabe que está haciendo algo al pedo. Así es la burocracia, en todas partes y acá también. Rituales que se cumplen dando por sobreentendido que no tienen ningún tipo de sentido. Como la cláusula número 8 del reglamento interno, que enuncia: La etapa final del trabajo NO PODRÁ COMENZAR (ese énfasis tipográfico siempre me resultaba cómico) si el recibiente (qué palabra de mierda, por Dios) no brinda la confesión oral requerida. Gajes del oficio, dicen los que llevan acá adentro más de veinte años. Una pelotudez atómica, digo yo, que entré hace sólo dos.
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Cinco metros antes de llegar al borde de la ruta, comencé a divisarla. Estaba sentada en una reposera plástica, envuelta en el grueso abrazo de un saco de lana gris. Solo sus brazos se movían, al ritmo del punto Santa Clara que iba armando de a poco la bufanda negra que ocupaba sus agujas. Según me había informado el legajo, hacía exactamente cincuenta años que doña Catalina cumplía el ritual de sentarse ahí. Precisamente, desde que su hijo de cinco años había sido atropellado en ese tramo de la ruta.
Cuando llegué a su lado, me puse en cuclillas y me mantuve en silencio, esperando el momento propicio para comenzar mi acercamiento-con-miras-a-arrancarle-unas-palabras. En uno de mis primeros encargos, me había tocado lidiar con un violador que se negaba a hablar desde que sus compañeros de celda le habían brindado una sesión particularmente violenta del tratamiento acostumbrado a los delincuentes sexuales. Después de una sucesión de preguntas que se desvanecieron vergonzosamente en el aire, conseguí poner en funcionamiento su lengua con el simple ofrecimiento de un cigarillo. Desde ese momento, aprendí que en ciertas ocasiones los gestos más simples y cotidianos pueden ser los mejores descontracturantes de cuerdas vocales.
En este caso, decidí arriesgarme y dejarme llevar por el apellido alemán de doña Catalina, por lo que acudí a la cita escondiendo en mi bolso un contenedor de plástico con varias porciones de apfel strudel que pensaba ofrecerle muy livianamente. Pero cuando me disponía a manotear el cierre del bolso, la cabeza blanca de la mujer giró bruscamente hacia mí.
–Los estuve esperando– murmuró –A alguno de ustedes.
Me ocurrió algo extraño. Los mecanismos lógicos, los benditos engranajes aceitados que giran dentro de todo y de todos, indicaban que yo debería haberme sorprendido. Pero no lo hice. Me quedé ahí, aún agachada. Las pantorrillas ya comenzaban a dolerme. Dejé pasar un rato antes de hablar.
–Cincuenta años ¿no?– dije. Me sentí muy estúpida.
–Ajá –respondió ella –Pero qué bueno que ya vino, fräulein. Me estaba empezando a cansar un poquito.
Tragué saliva. Doña Catalina rió, o más bien trinó. En un movimiento resignado, incliné la cabeza hacia donde estaba ella. El aire de su susurro cosquilleó cálidamente en mi oreja. Sentí un escalofrío, justo en el momento en que las agujas de las que pendía la bufanda negra caían al suelo, liberadas de aquel par de manos ajadas.
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–¿Y? ¿Qué tal? –preguntó Bruzzone, mi supervisor
–Normal, qué se yo. Lo mismo de siempre –respondí.
–Bueno, nena. A no dormirse que todavía te faltan tres más para terminar por hoy–dijo moviendo las manos como si batiera el aire.
–Seh, ya sé –dije sin mirarlo, mientras mi úlcera pateaba cual feto en gestación.
Bruzzone ya estaba parado en el marco de la puerta, a punto de salir de la habitación. De repente, la idea que me hacía picar el occipital saltó a mis labios.
–Che, Bruzzone. ¿Alguna vez…?
–¿Qué, nena? –preguntó dándose vuelta
–Nada, Bruzzone –le contesté luego de dos exactos y redondos segundos –Olvidate.
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