Cielo blanco, cielo escrito
las nubes aún ignoran
los cables negros que corren entre ellas
Día recién nacido, día de los muertos
sobre la ciudad de los hombres quietos
la única belleza que existe
es la del barro amando las suelas de sus botas
Y la de las drogas opacas y los huesos líquidos
tejiendo capullos alrededor de las espaldas
y corazas inmunes a las brasas de mi cigarrillo
(¿Qué pasaría si le vendiera mi cuerpo
a la bruma gris de los confines de este mundo?)
6 de abril de 2009
19 de marzo de 2009
M.I.A.
Just remember when you think you’re free
The crack inside your fucking heart is me
(Marilyn Manson – The Speed Of Pain)
The crack inside your fucking heart is me
(Marilyn Manson – The Speed Of Pain)
Ella se sienta en la mesa de patas leoninas. Nudos de madera, hay raíces dentro de la casa, unidas por la trama nacarada de telas arácnidas, vacías, muertas. Soledad libre de insectos.
Una voz de mujer rasga el papel del aire oscuro. No hay una correlación mecánica del sonido dentro de su boca, pero el monólogo sigue desmadejándose, como hilos azules. Como fantasmas de cucarachas. Volando colgadas de sus élitros de ectoplasma marrón. Una sobrenaturalidad inmunda.
Hay una tristeza horrible flotando en mi sangre. ¿Te das cuenta? ¿Me escuchás, hijo de puta? Ya estoy cansada de que me cagues.
…
Tengo miedo
Las despresurizaciones súbitas de la electricidad estática orgánica desatan un desbalance líquido y oleoso en las volutas de su autopercepción. No existe cura para el extrañamiento aversivo del propio cuerpo, sólo paliativos en forma de suicidios del espíritu, a razón de dos o tres por día.
Acaba de volver a verla. O no exactamente, más bien a presentirla dentro de cada uno de los pequeños bultos que se le erizan instantáneamente en la piel. Cierra los ojos y, ahora sí, la ve nadando entre la noche de sus párpados. Un pequeño súcubo con su mismo rostro.
Decidida, se lanza hacia adelante. Alas batientes de pestañas la sostienen en su impulso, que va a morir sobre esa sombra humillada que jamás se separa de ella. Llegó el momento de rendirse enviando un último telegrama hacia la nada.
Pasado imperfecto por exceso de presencia. Stop.
4 de marzo de 2009
28 de febrero de 2009
Dos
Él no escucha
nunca escucha
sigue subiendo
por las escaleras ambarinas
Es el protagonista
de viajes fantásticos
a lomos de polillas negras
o ranas con pies de metal
A veces vuelve
para pedirme un cigarrillo o dos
no quiero mirarlo
no puedo
porque
se va
otra vez
Y no escucha
nunca escucha
cuando le digo
que en algún rincón
de cualquier armario
entre cadáveres tallados en naftalina
un planeta desierto
y quizás radioactivo
cuelga del extremo
de una cadena de oro blanco.
nunca escucha
sigue subiendo
por las escaleras ambarinas
Es el protagonista
de viajes fantásticos
a lomos de polillas negras
o ranas con pies de metal
A veces vuelve
para pedirme un cigarrillo o dos
no quiero mirarlo
no puedo
porque
se va
otra vez
Y no escucha
nunca escucha
cuando le digo
que en algún rincón
de cualquier armario
entre cadáveres tallados en naftalina
un planeta desierto
y quizás radioactivo
cuelga del extremo
de una cadena de oro blanco.
2 de febrero de 2009
Nena
–¡¡¿Pero qué hiciste, puta de mierda?!! – gritó mientras las venas de su cuello mutaban en ramas rojas.
No me moví. Él seguía aullando como un animal lastimado. En el suelo de cemento de la terraza, un manojo de maderas chamuscadas eliminaba sus últimos hálitos de humo. Seis cuerdas con el entorchado ennegrecido y sus correspondientes clavijas de metal enhollinado eran lo único que subsistía de su Gibson SG 1976.
Elevé los ojos sin levantar la cabeza. La guitarra masacrada a mí también me causaba una pena tremenda (nada que hacer… el masoquismo a veces viaja por el canal de parto de la venganza), pero sólo me limité a hacer un gesto que sumaba la dulzura de la satisfacción más cruel a la arena de la pura hostilidad.
En un movimiento que no pude esquivar, él me agarró del brazo y me arrastró por la escalera. Gritaba cadenas de insultos tan bien engarzadas que mi entendimiento no podía atraparlas.
Cuando llegamos al dormitorio, me empujó sobre la repisa que hacía las veces de licorera (siempre insistí con ponerla ahí y no en el living, ya que los borrachos somos egoístas, y tener el alcohol a la vista es el camino directo al convite). Al chocar, alcancé a tomar una botella de cabernet y con un latigazo braquial casi inhumano, la hice estallar contra el borde de la cama. Una lluvia carmesí de gotas ácidas se dispersó en la habitación, mientras trazaba una línea en mi muslo izquierdo con el vidrio roto.
Las serpientes sanguíneas comenzaron a brotar, copulando con el vino que corría entre mis piernas. Él reposó brevemente en un silencio lleno de respiraciones pesadas, que duró hasta que sus manos se dispararon hacia mi cadera y sus dientes hacia mis labios. Caímos sobre la cama, con la piel ahuecada de dedos y la química del sudor alterándose con la sangre alcoholizada que ahora nos manchaba a ambos.
Me desperté al sentir que algo me quemaba insistentemente la mejilla izquierda y abrí los ojos bruscamente para chocarlos contra un sol blanco y espantoso que me hizo rechinar los dientes al instante. Debía ser cerca del mediodía y ni siquiera recordaba cuándo ni cómo me había quedado dormida. El cinturón (aún lo tenía puesto, fetiche al fin) me clavaba sus tachas cuadradas en la piel del estómago y sentía un pesado dolor en el hombro derecho, cuyo brazo correspondiente había quedado doblado debajo de mi, soportando la punzada de las costillas.
Cuando me incorporé en la cama, lo vi. Estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la pared. Me miraba con una furia densa, explosiva. En su muñecas, las venas abiertas regaban sangre (¿o era vino?) sobre la alfombra sucia y los vidrios rotos. Pasé caminando lentamente a su lado, sin mirarlo, y entré al baño.
Dejé correr el agua y me senté en el suelo de la ducha, mientras la monotonía de la precipitación mecánica caía a mi alrededor. Sintonicé los oídos en esa frecuencia percutiva, tratando de apagar a la razón. Cerré los ojos hasta que me comenzó a doler el rostro, correspondiendo con un desfile de manchas lumínicas estallando detrás de mis parpados. Negro y azul. Agua y sangre. Ruido blanco.
Luego de salir de la ducha y vestirme, llamé a una ambulancia, mientras lo miraba desde el amanecer de mi ausencia. Él ya no parecía tan furioso. O quizás sí, ya no lo recuerdo exactamente. Dos minutos después, me fui dejando la puerta abierta.
Un mes después, un amigo en común me contactó para darme la noticia. Lo habían encontrado con la cabeza adentro del horno. Asfixiado. Estaba recostado en una almohada, según me contó. Ese detalle me arrancó una sonrisa, que se convirtió en una carcajada que precipitó la huida del circunstancial mensajero.
Me serví una copa de vino (syrah esta vez) y me recosté en el sillón. Mojé los dedos en el líquido y me los llevé a los labios, mientras recordaba la última imagen que me había quedado de él. El color rojo, los aromas voluptuosos, la ira de plomo en sus ojos. Mi mano abandonó lentamente la boca para deslizarse suavemente hacia la exaltación cálida que aguardaba más abajo.
No me moví. Él seguía aullando como un animal lastimado. En el suelo de cemento de la terraza, un manojo de maderas chamuscadas eliminaba sus últimos hálitos de humo. Seis cuerdas con el entorchado ennegrecido y sus correspondientes clavijas de metal enhollinado eran lo único que subsistía de su Gibson SG 1976.
Elevé los ojos sin levantar la cabeza. La guitarra masacrada a mí también me causaba una pena tremenda (nada que hacer… el masoquismo a veces viaja por el canal de parto de la venganza), pero sólo me limité a hacer un gesto que sumaba la dulzura de la satisfacción más cruel a la arena de la pura hostilidad.
En un movimiento que no pude esquivar, él me agarró del brazo y me arrastró por la escalera. Gritaba cadenas de insultos tan bien engarzadas que mi entendimiento no podía atraparlas.
Cuando llegamos al dormitorio, me empujó sobre la repisa que hacía las veces de licorera (siempre insistí con ponerla ahí y no en el living, ya que los borrachos somos egoístas, y tener el alcohol a la vista es el camino directo al convite). Al chocar, alcancé a tomar una botella de cabernet y con un latigazo braquial casi inhumano, la hice estallar contra el borde de la cama. Una lluvia carmesí de gotas ácidas se dispersó en la habitación, mientras trazaba una línea en mi muslo izquierdo con el vidrio roto.
Las serpientes sanguíneas comenzaron a brotar, copulando con el vino que corría entre mis piernas. Él reposó brevemente en un silencio lleno de respiraciones pesadas, que duró hasta que sus manos se dispararon hacia mi cadera y sus dientes hacia mis labios. Caímos sobre la cama, con la piel ahuecada de dedos y la química del sudor alterándose con la sangre alcoholizada que ahora nos manchaba a ambos.
Me desperté al sentir que algo me quemaba insistentemente la mejilla izquierda y abrí los ojos bruscamente para chocarlos contra un sol blanco y espantoso que me hizo rechinar los dientes al instante. Debía ser cerca del mediodía y ni siquiera recordaba cuándo ni cómo me había quedado dormida. El cinturón (aún lo tenía puesto, fetiche al fin) me clavaba sus tachas cuadradas en la piel del estómago y sentía un pesado dolor en el hombro derecho, cuyo brazo correspondiente había quedado doblado debajo de mi, soportando la punzada de las costillas.
Cuando me incorporé en la cama, lo vi. Estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la pared. Me miraba con una furia densa, explosiva. En su muñecas, las venas abiertas regaban sangre (¿o era vino?) sobre la alfombra sucia y los vidrios rotos. Pasé caminando lentamente a su lado, sin mirarlo, y entré al baño.
Dejé correr el agua y me senté en el suelo de la ducha, mientras la monotonía de la precipitación mecánica caía a mi alrededor. Sintonicé los oídos en esa frecuencia percutiva, tratando de apagar a la razón. Cerré los ojos hasta que me comenzó a doler el rostro, correspondiendo con un desfile de manchas lumínicas estallando detrás de mis parpados. Negro y azul. Agua y sangre. Ruido blanco.
Luego de salir de la ducha y vestirme, llamé a una ambulancia, mientras lo miraba desde el amanecer de mi ausencia. Él ya no parecía tan furioso. O quizás sí, ya no lo recuerdo exactamente. Dos minutos después, me fui dejando la puerta abierta.
Un mes después, un amigo en común me contactó para darme la noticia. Lo habían encontrado con la cabeza adentro del horno. Asfixiado. Estaba recostado en una almohada, según me contó. Ese detalle me arrancó una sonrisa, que se convirtió en una carcajada que precipitó la huida del circunstancial mensajero.
Me serví una copa de vino (syrah esta vez) y me recosté en el sillón. Mojé los dedos en el líquido y me los llevé a los labios, mientras recordaba la última imagen que me había quedado de él. El color rojo, los aromas voluptuosos, la ira de plomo en sus ojos. Mi mano abandonó lentamente la boca para deslizarse suavemente hacia la exaltación cálida que aguardaba más abajo.
26 de enero de 2009
4 de enero de 2009
But all the drugs in this world won't save her from herself...
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