21 de abril de 2008

Body art

Sábado, 9 de junio de 2007

La segunda vez que vi a F., lo encontré de casualidad en el bar boliviano que adorna de manera muy poco glamorosa la esquina de la cuadra donde vivo, y al que suelo ir cuando la urgencia por un trago alcohólico sobrepasa mi voluntad de movimiento.
Esa noche, al igual que tantas otras, me senté en una butaca frente a la barra y pedí una cerveza negra. Mientras el diminuto y oscuro barman buscaba la botella, eché un vistazo alrededor y descubrí que, sobre una de las mesas (cubierta con un mantel que era una verdadera pesadilla cromática), dos hombres se dedicaban a mancillar un vino llamativamente decente lanzándole dosis inmundas de Pritty. Y también descubrí a F., acodado en el otro extremo de la barra en pose furtiva, casi de cara a la pared que se alzaba a su izquierda.
Recordé que la primera vez que había hablado con él (cerca de una semana antes, en el mismo abyecto escenario), la charla había versado sobre la altamente dudosa naturaleza punk de los Ramones, y F. se había mostrado particularmente lúcido en sus opiniones, así que decidí arrimar mi banco al suyo, pensando en continuar la conversación y animar un poco la atmósfera, a la vez amable y tenebrosa, de aquel antro.
Pero la esperanza de un intercambio de ideas que pudiera ahogar los quejidos de aburrimiento que la garganta de la noche venía soltando hace rato se disolvió cuando F. reaccionó con un salto de animal asustado al sonido de mi butaca arrastrada al lado de la suya. Las palabras agonizaron y murieron evaporadas en mi boca entreabierta cuando me di cuenta de que F., con afán y concentración renacentista, tallaba una intrincada versión gótica de la letra H en su antebrazo izquierdo. El vaso de vodka que lo acompañaba estaba sirviendo más como improvisado desinfectante-anestésico que como agente provocador de borrachera, y el rostro grisáceo de F. no cedía ante el dolor, sólo sus mandíbulas tensas y el brillo sudoroso de su frente parecían indicar cierto padecimiento de la carne. Retrocedí sin dejar de mirarlo y, lentamente, me zambullí en el confort de las burbujas alquitranadas, cortando con un trago profundo su gélida espera.

Jueves, 5 de julio de 2007

En la radio sonaba un tema de Divididos, quizás “Paisano de Hurlingham” o “Elefantes en Europa”. Filtrada por el parlante monofónico impiadosamente low-fi, la voz de Mollo sonaba como si estuviera mascando un chicle de lata, y la guitarra tenía ecos de banjo oxidado. Pero a F. no le importaba, tenía los sentidos parcialmente bloqueados a causa de su dedicación exclusiva a la tarea de desinfectar una gilette con la llama de la hornalla.
Cuando consideró que el filo ya había soportado suficiente calor, F. se sentó, enfrentando un rectángulo de papel. Llevó la gilette a una de las aletas de su nariz, y dio un tirón brusco hacía abajo, inclinando el cuerpo hacia delante en un movimiento mitad reflejo y mitad cálculo. Circulitos rojos de tamaños variables se encendieron en la celulosa nívea. F. parpadeó varias veces, tratando de exorcizar el dolor. Se tapó el agujero de la nariz que no había sufrido el corte y, con el otro, expulsó una violenta bocanada de aire hacia el papel. Resultó exactamente como él quería: un salpicón grosero de mocos y sangre estalló en el medio de las gotitas rojas y de la tersura blanca. Repitió la operación un par de veces más, y se levantó para vendarse la nariz en el baño. Cuando volvió, tomó una lapicera, escribió “5/7/2007” en uno de los ángulos inferiores de la hoja, agregó unas palabras más debajo y pegó su obra en la pared de la cocina, donde ya había otras 26, con fechas diferentes e igualmente decoradas con fluidos rojizos. La tinta azul con la que estaban escritas todas las leyendas en las esquinas de las hojas relucía con una fosforescencia casi fantasmal, haciendo titilar como en un cartel de neón la frase que acompañaba a todas las fechas: “Sigo vivo, la concha de su madre”.

14 de abril de 2008

Desnuda


I won't stop following you
Now help me pray for
The death of everything new
Then we'll fly farther
'Cause you're my girl
And that's alright
If you sting me
I won't mind


7 de abril de 2008

Ed Tom Bell


"Last week, they found this couple out in California. They rent out rooms for old people, kill 'em, bury 'em in the yard, cash their social security checks. Well...they'd torture 'em first, I don't know why. Maybe the television set was broke".

21 de marzo de 2008

Sugus

Últimamente,
tiendo a tragarme
los caramelos
con envoltorio
incluído

Me gusta imaginarme
como mi intestino grueso
se va tapizando con retazos
rojos
azules
verdes
amarillos

O quizás, simplemente
me gusta
como todos me miran
sin saber nada
sobre mis entrañas
empapeladas

Oh, baby…
nunca vas a saber
qué fue lo que te golpeó.

16 de marzo de 2008

Roten Rosen


I get all
Numb
When she sings it's over
Such a strange
Numb
And it brings my knees to the earth

And God bless you all
For the song you saved us


10 de marzo de 2008

Rojo sobre blanco

– ¿Todo bien?
– Si, Iván, todo bien
– Mirá, Mile…yo no quiero que…
– ¡Mileeee! ¿Me dejás subir a la moto?
Milena reunió su atención y la disparó directamente sobre Galo. Prefería cualquier cosa antes que averiguar de qué manera Iván pensaba completar su oración. Necesitaba algo que cortara urgentemente con el cordón que le apretaba el torso y le contraía los pulmones. Alzó al pibe por debajo de las axilas, mientras él se reía entre dientes y le decía que le hacía cosquillas, y lo sentó en el asiento de cuerina. Se quedó mirándolo con una sonrisa que se desmayaba de a poco.
– Sos hermoso, Galo
De repente, para Milena, el rostro del nene tomó las cualidades de una máscara de esmeril. Ella lo veía. Pero no. Era hermoso. Igualito a su papá.
Galo hizo un ruidito húmedo con la nariz y giró para mirar a Iván por sobre su hombro.
– Tengo mocos, pa.
Iván palpó sus bolsillos con la teatral pereza de quien sabe que están vacíos. Milena inventó una señal inexistente, hurgó en su bolso y sacó un pañuelo que restregó con suave decisión en la nariz pecosa de Galo.
– Tomá, guardatelo – le dijo Milena al pibe, inclinándose hacia su oreja. –Me lo devolvés otro día que venga de visita.
Milena levantó la cabeza justo a tiempo para alcanzar a captar la puntita de la marea de descarado fastidio que abandonaba el rostro de Iván. El cordón tenso que le ceñía el cuerpo cayó ahora súbitamente hasta sus tobillos, anudándoselos. Sin abrir la boca, Milena bajó a Galo de la moto, lo depositó en brazos de Iván, le dio un beso fugaz a cada uno, se sentó y accionó el arranque. Cuando la envolvió el ruido del motor, quiso dejar de temblar. No pudo. Sólo consiguió la fútil victoria de controlar su cuello para que no girara hacia atrás.

----------------------------

Galo caminaba de la mano de su papá, arrastrando los pies, que hacían un ruido gomoso contra las baldosas de la vereda. Sintió una gota en la frente y después otra. Miró hacia arriba, y una gota más le cayó, derecha y directa, adentro del ojo.
– Pa…está lloviendo.
– Ya sé. No importa, en un ratito llegamos.
Galo volvió a moquear, y se sacó del bolsillito lateral de la bermuda el pañuelo de Milena. Se sonó con un estruendo mojado y se quedó mirando el trocito de tela. Después, levantó la cabeza y comenzó a olfatear el aire, exactamente como lo haría un conejo. Volvió a llevar los ojos hacia el pañuelo.
– Pa
– ¿Qué pasa?
– La lluvia. Olela. Es como Mile.
– ¿Qué?
– Que la lluvia tiene el mismo olor que Mile, pa.
Iván posó la mirada en el pañuelo que Galo sostenía en la manito derecha. Lunares rojos. Fondo blanco. Salto atrás, años atrás. Noche, sábanas arrugadas y una bombacha con lunares rojos sobre fondo blanco.
Entonces soltó de repente, pero con deliberada suavidad, la mano de su hijo.

9 de marzo de 2008

Alienígena


Soy la reina de Marte
Ensamblada en Hong Kong
Soviéticas son mis partes

Solamente de hongos

Es la dieta que hago yo
Y se me agrandan los ojos